Explora el salvaje oeste marciano de las enigmáticas zanjas de Acheron Fossae

¿Qué señales esconden los cicatrices de Marte? Desde el lejano y frío “Oeste Salvaje” de Acheron Fossae, la piel marciana revela un inquietante pasado: tremendas fracturas, bloques hundidos y huellas de antiguos glaciares. Un paisaje que, bajo la lupa de las sondas espaciales, parece contar la historia de un planeta mucho más vivo de lo que pensamos.

La mirada afilada de Mars Express: radiografía de Acheron Fossae

Las imágenes recién captadas por la Cámara Estéreo de Alta Resolución (HRSC) del orbitador Mars Express —esa fiel atrevida de la ESA— nos regalan un vistazo hipnótico a la parte occidental de Acheron Fossae, un sistema de fosas tectónicas situado nada menos que a 1.200 km al norte del imponente Monte Olimpo, el volcán gigante del Sistema Solar.

Acheron Fossae serpentea en forma de medialuna a lo largo de unos 800 km. Sus fracturas parecen cicatrices en la tierra roja, fusionándose tímidamente con las vastas llanuras de Arcadia y Amazonis al norte y al oeste. En el sur, las fosas colisionan con la enorme avalancha de tierras al pie del mismísimo Olimpo.

Un puzzle de bloques que se hunden y se levantan

Si uno observa con ojo de geólogo, la zona parece un puzle violento: grandes hendiduras, profundas fallas, y bloques de corteza yaciente, ora elevados ora hundidos. Todo esto hermanado en un patrón paralelo, digno de una maqueta colosal de la tectónica planetaria.

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¿Por qué ocurre eso? Básicamente, el motor está debajo: el manto de Marte, esa capa cálida y plástica que hay justo entre la fría corteza y el núcleo metálico del planeta. De ahí (igual que en la Tierra), el calor empuja con ganas y la roca asciende. Ese fenómeno se llama convección del manto. A veces el magma se acerca tanto que la superficie no aguanta, se estira y ¡crack! Fisuras kilométricas, etiquetas de unos buenos millones de años.

Se calcula que la formación de Acheron Fossae ocurrió hace, pongamos, entre 3.700 y 3.900 millones de años. Un periodo turbulento, el Noéico, en el que Marte fue, sin duda, explosivamente activo en geología. Con el tiempo, muchos de sus valles se fueron llenando de materiales variados, arrastrados en parte por glaciares y ricos en hielo.

El rastro de los glaciares marcianos: valles rellenos y pistas de congelación

Las nuevas imágenes muestran depresiones escalonadas, unas más profundas que otras, sobre la parte norte. Si ampliamos el zoom, aparecen texturas suaves y alargadas en los fondos de esas depresiones: se trata de rellenos de valles lineales o LVF (por sus siglas en inglés), típicos de los lugares donde fluyó lentamente material mezclado con hielo.

¿Te imaginas un glaciar cubierto de piedrecillas? Pues justo así se cree que eran estos glaciares bloque de Marte, primos lejanos de los que pueblan el norte del planeta azul. Estos paisajes periglaciares permanecieron, y permanecen aún, casi siempre helados. La existencia de esos depósitos sugiere que la zona no siempre fue un invierno perpetuo: allí hubo ciclos de frío intenso seguidos de intervalos un poco más templados.

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Marcianos hiperactivos: el clima que nunca descansa

¿De dónde sale toda esa alternancia ambiental? Todo apunta a los “bailes” de Marte en su eje de rotación. En la Tierra, nuestra luna estabiliza la inclinación del eje (unos majestuosos 23,5 grados), pero Marte va por libre. Entre las fuerzas de los otros planetas y la falta de un satélite grande, su inclinación axial cambia y cambia. Con rapidez. ¡Hasta en ciclos de apenas cinco millones de años!

Eso afecta a cómo el Sol calienta el planeta, trastocando el clima y desplazando el hielo de los polos hacia las latitudes medias o viceversa, según toque. Durante épocas con una inclinación mayor, el hielo marciano se aventuró más allá de los polos y terminó llenando valles como los de Acheron Fossae. Ahora, en una era de inclinación baja, ese hielo retrocede (aunque no olvida dejar marcas inconfundibles en la geografía).

Acheron Fossae: un archivo planetario vivo

Mirar estas fracturas desde la distancia no es solo ciencia: es leer un diario grabado en roca y hielo. Acheron Fossae, con sus bloques desmoronados y sus cicatrices llenas de escombro glacial, nos recuerda que Marte fue —y quizás será— un planeta de extremos, donde los paisajes son respuestas ante el calor que bulle en las entrañas y los caprichos de su eje cósmico.

La próxima vez que oigas hablar de Marte, piensa en sus fracturas. Porque allí, en esas grietas, duerme parte de la historia más salvaje del Sistema Solar.

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